PROTECCIÓN EJECUTIVA DEL SIGLO XX. ¿POR QUÉ UNA NUEVA DOCTRINA? * #Notadeautor

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Por Iván Ivanovich**

Para entender la nueva doctrina de seguridad ejecutiva en el siglo XXI, es necesario analizar y comprender los errores conceptuales y doctrinarios que caracterizaron a esta actividad durante el siglo XX.

Cabe recordar que, al término de la segunda guerra mundial, el mundo occidental se dio cuenta de que uno de los factores decisivos para ganar la guerra había sido el desarrollo de la industria y se consideró de gran importancia su protección. No es casual que la organización de profesionales en seguridad más grande del mundo, fundada 10 años después de la segunda guerra mundial tuviera como nombre “American Society for Industrial Security” (la actual ASIS Internacional).

Debido a que, tanto en Europa occidental como en los Estados Unidos, la industria es principalmente privada, el desarrollo de la seguridad privada se fortaleció. Al final de la guerra, había muchos soldados con habilidades y experiencia en combate que habían quedado desempleados y su integración a la seguridad privada resultó un paso natural.

No cabe duda de que los exmilitares tuvieron una gran influencia sobre el desarrollo de la seguridad privada en el siglo XX y por ende en la protección ejecutiva, ya que eran importantes no solo las instalaciones industriales, sino también las personas que las dirigían.

Por otra parte, en países como México, la seguridad de los presidentes fue conferida también a los cuerpos militares. Aunque existía cierta influencia de las tácticas policiacas, la mayor influencia sobre la formación de la doctrina de protección a personas indudablemente recaía en los militares.

La influencia militar es muy clara ya que el servicio fue conceptualizado como una unidad convencional de combate. Cabe destacar que el combate es precisamente la esencia de la doctrina militar que queremos evitar en la protección ejecutiva.

Desde la óptica militar, el ejecutivo se movía generalmente en un vehículo blindado, precedido por uno de avanzada y seguido por otro de soporte. Los escoltas estaban casi siempre uniformados, por lo que eran plenamente identificables y cuantificables, su poder de fuego era igualmente fácil de determinar así que el operativo se comportaba como una fuerza militar convencional.

Resulta evidente que el concepto de Protección Ejecutiva durante el siglo XX (que aún tiene una gran influencia), no es otra cosa más que un simple convoy militar que circula por las calles en espera de estar emboscado.

Actualmente, este comportamiento en protección ejecutiva resulta tan ridículo e irreal como si tuviéramos grupos de secuestradores o asesinos rondando por las ciudades con uniformes de delincuentes, con unidades fácilmente identificables, cuantificables y con poder de fuego fácil de determinar. Así, delincuentes y escoltas podrían entrar en un enfrentamiento donde el resultado sería decidido por las habilidades de combate de cada grupo y las habilidades tácticas de sus comandantes, justo como en cualquier enfrentamiento militar convencional.

El error de origen reside en el intento por usar las estrategias de la guerra convencional en contextos como la guerra de guerrillas, pues antes del atentado, los protectores no saben absolutamente nada sobre los atacantes: quiénes son, cuántos son, qué armamento tienen, etc. mientras tanto, los atacantes si tienen información estratégica sobre el protegido y sus protectores.

Este paradigma militarizado redujo la Protección Ejecutiva a una actividad donde sólo queda armarse en espera de una emboscada. Sobra decir que, en una emboscada, el único beneficiado es quien la pone.

Es totalmente inadecuado e ineficaz usar métodos convencionales de combate en contra de un enemigo no convencional. Pruebas de ello se encuentran desde la guerra de Vietnam hasta el combate a los carteles de narcotraficantes. La gran desventaja surge cuando tanto los protegidos como los propios protectores entienden el servicio como una pequeña unidad militar en medio de una guerra cuyas reglas no conocen pero que asumen desde dos premisas falaces:

  • La Protección Ejecutiva implica un enfrentamiento armado.
  • Una fuerza no convencional se combate con una fuerza convencional.

Vestigios de esta doctrina arcaica se pueden encontrar aún por las calles de muchas ciudades cuando vemos circular un auto lujoso seguido muy de cerca por otro lleno de hombres con trajes obscuros y miradas desafiantes escudriñando el entorno.

El concepto militarizado de Protección Ejecutiva favorece la reacción, el enfrentamiento y el combate porque la filosofía militar se basa en el acto bélico por antonomasia y para estar en guerra se necesita que aparezca un enemigo para poder luchar en su contra; mientras tanto, una nueva doctrina en protección debe enfocarse justamente en evitarlos, de tal suerte que la filosofía reactiva resulta totalmente inadecuada para la Protección Ejecutiva.

Esto lo confirman las estadísticas de INEGI, que muestran un aumento de 929% en asesinatos de funcionarios y directivos en México entre 1990 y 2018, años que coinciden con la implementación masiva de este concepto reactivo de protección ejecutiva, y con el aumento de la violencia en el país. Si a esto le añadimos los secuestros que a lo largo de estas décadas azotaron a miles de ejecutivos en México, parece evidente que el sistema tradicional y reactivo de protección ejecutiva no está dando buenos resultados.

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